El MALI celebra 30 años de su subasta de arte: tres décadas impulsando el coleccionismo en el Perú
El arte también se colecciona. Detrás de cada obra hay una historia, una mirada y una oportunidad de preservar parte de nuestra identidad cultural.
En octubre de 2026, el Museo de Arte de Lima (MALI) celebra los 30 años de su tradicional subasta de arte, una iniciativa que nació en 1996 para contribuir al financiamiento del museo y que, con el paso del tiempo, se ha convertido en un espacio importante para el encuentro entre artistas, coleccionistas y amantes del arte peruano.
Esta celebración nos invita a mirar más allá de las obras que pasan por el martillo. También nos permite reflexionar sobre el valor de coleccionar, la importancia de conservar nuestro patrimonio y las historias que cada objeto puede transmitir.
Treinta años de arte, historia y coleccionismo
Desde sus primeras ediciones, la subasta ha ofrecido obras de distintas épocas y disciplinas, contribuyendo a dar visibilidad tanto a artistas reconocidos como a nuevas voces de la escena artística.
La edición conmemorativa de 2026 reunió 64 lotes distribuidos en ocho sesiones, con una selección que incluyó pintura, fotografía, textilería, diseño y artes aplicadas, entre otras expresiones.
Entre los artistas representados figuraron nombres fundamentales del arte peruano, como Julia Codesido, José Sabogal, Enrique Camino Brent y Pancho Fierro, junto con creadores contemporáneos.
Cada edición deja un registro de las obras que circulan, los artistas que despiertan interés y las distintas maneras de acercarse al patrimonio cultural.
¿Por qué es importante el coleccionismo?
Coleccionar no consiste únicamente en adquirir algo que nos gusta. También implica investigar, reconocer la procedencia de una pieza, comprender su contexto y decidir cómo conservarla para el futuro.
En el mundo del arte, las subastas permiten que las obras encuentren nuevos propietarios y continúen formando parte de colecciones particulares o institucionales. Además, ayudan a generar información sobre el mercado y pueden acercar a nuevos públicos a artistas y disciplinas que todavía no conocen.
Y este interés no se limita a las pinturas o esculturas. También existe en los juguetes antiguos, las muñecas, las cámaras fotográficas, los videojuegos, los álbumes y los objetos cotidianos que marcaron distintas generaciones.
Aunque cada categoría tiene sus propias características, todas comparten algo esencial: el deseo de preservar piezas que cuentan una historia.
El arte y los objetos también cuentan quiénes somos
Una obra de arte puede reflejar una época, una sociedad o una forma particular de interpretar el mundo. De manera similar, un juguete antiguo puede mostrarnos cómo jugaban los niños de otra generación, mientras que una cámara o una máquina de escribir puede revelar cómo han cambiado nuestras costumbres y tecnologías.
Por eso, el coleccionismo tiene una dimensión cultural que va más allá del valor económico. Cada pieza puede convertirse en una fuente de aprendizaje, conversación y memoria.
La celebración del MALI nos recuerda que conservar el patrimonio requiere espacios, personas y comunidades dispuestas a reconocer el valor de aquello que merece perdurar.
La Vieja.pe: conservar el pasado para las próximas generaciones
En La Vieja.pe, compartimos esa pasión por los objetos que sobreviven al paso del tiempo. Nuestro museo-tienda reúne juguetes, muñecas, videojuegos, antigüedades y artículos de cultura popular que nos conectan con distintas épocas de nuestra historia.
Al igual que ocurre con el arte, detrás de muchos de estos objetos hay un trabajo de búsqueda, identificación, conservación y restauración. Son piezas que merecen una segunda mirada y que pueden despertar curiosidad incluso en quienes nunca se han considerado coleccionistas.
Los 30 años de la subasta del MALI son una ocasión para recordar que el patrimonio cultural puede encontrarse en grandes obras de museo, pero también en aquellos objetos cotidianos que acompañaron nuestras vidas.
Porque coleccionar es mucho más que guardar: es reconocer el valor de una historia y permitir que siga siendo contada.



